Oigo como se arrastran tus zapatillas

¿Sabes qué pasa?

Pasa que te quiero. Y te quería. Te quería y no te lo dije. Yo sabía que me entendías, aunque algunos decían que no. Yo lo sabía. No hablabas en el término concreto, pero hablábamos. Y yo sé que me entendías. A veces intentabas decir mi nombre.

Y si no hubiera sido tan estúpida, te habría dicho que te quería, y, tal vez,  no estaría a estas horas sentada en mi escritorio hablándole a una fotografía nuestra.

Tal vez, a lo mejor, callaría esa voz que me grita cada día que soy la niña malcriada que no fue capaz ni siquiera de susurrarte un simple “te quiero”. La que no te abrazó. La que ni siquiera estuvo allí para despedirse.

Es una foto antigua, de esas que todavía incluye la fecha en el reverso, en la esquina derecha de la impresión. Tú exhibías esa curiosa media sonrisa, y el centro de la foto es el precioso foco de tus dulces y cansados ojos. Tu piel morena ya contrastaba entonces con la mía, muy joven, todavía sin las pecas que heredé de ti, y que te traen a mi presente cada vez que cruzo por delante de un espejo. Yo iba vestida de azul. Parecía un repollo, utilizando tus términos. Era el día de Palma, un 3 de abril. Yo tenía entonces la corta e inocente edad de cuatro años. Joder, como han cambiado las cosas.

¿Quién me iba a decir entonces que me odiaría tanto? Tal vez, si lo hubiera sabido, habría sido capaz de confesarte lo mucho que te echaré de menos. Yo creía que eras eterno. Y ahora, como siempre, voy demasiado tarde.

Demasiado.

Pero te prometo, y esta vez va en serio, que estarás tras cada línea, y que algún día publicaré algo que solo entenderemos tú y yo.

Adiós.

Ella.

En fin.

– Cuéntame, ¿Cuál es tu historia?

Tenía el pelo negro y los ojos azules. Como el mar. Como el mar más profundo y tormentoso. Yo había entrado en el bar hacía horas. Solamente había observado el mismo vaso de vino, con las mismas descuidadas manchas durante cientos de pegajosos minutos.

Le mire a las interrogantes pupilas. ¿Cómo contarle la historia? ¿Cómo decirle que lo había perdido todo, que ni siquiera tenía la certeza de que existiera? ¿Cómo contarle que había dejado de mirar las estrellas y cantarle mis poemas a la Luna? Cómo confesarle que mi vida entera se había convertido en la mota de polvo más remota y exhausta del universo. Cómo decirle que ya no oía las notas en los pianos, que ya no esperaba el lamento desgarrado de un violín. Como explicarle que mi cielo se había teñido de grises en solo unas horas.

Quería. Y no podía. No podía contarle que ya no confiaba ni en mi sombra, que de nada servía ya mi memoria, que se encontraba más seca que mi garganta.

No podía gritarle a la cara que estaba sola, ni escupirle que jamás tuve oportunidad alguna. No podía contarle que se me habían secado las lágrimas hacía años.

Me entregó una nueva copa. Me dijo su nombre. En ese momento comprendí que él no sabía que yo le recordaba.

Me acabé el vino de un sorbo. Después de besarle en la comisura de los labios le susurré el más sincero “gracias” de la historia y me marché. Me marché porque no podía quedarme. Me marché porque conocía esos ojos. Me marché porque no sabía como decirle que ya no recordaba nada. Nada, excepto a él.

Me marché porque no sabía como decirle que no pretendía volver.

Ella.

Pido la retención de los ácaros del mundo. Doble, por favor.

Y pido una gota más. Y añoro el vino y el mundo. Añoro nuestros momentos y mi individuo. Y llevo en las venas la desnudez del momento.

Y pido al mundo que perdone mis insultos y mis profanaciones. Y a mis dioses, los que restan, pido que me concedan una oportunidad más. Por sequía que deje.

Y se que nunca seré reconocida por los que piensan qua ya conocen. Y sé que quedaré muda en mis hojas. Encerrada en mis libretas y en mis trazos, incomprensibles, pidiendo ayuda y deletreando sin fuerza palabras a las que nadie encuentra el sentido.

Palabras. Muda. La paradójica pesadilla de un poeta.

Ella.

Embriaguez.

Hoy, una vez más, estoy borracha, ebria de mis creaciones incultas y escupidas. Exceso de licor y de mentiras, con la mente emborronada de gestos que me piden que los deje estar. De abrazos y de mentiras y de llanto. Sobretodo de llanto.

No soy capaz de escribir ni una maldita palabra exacta. Maldita palabra. Maldito verso.

Fue todo un placer atraparme entre tus páginas y dibujar cuatro líneas que prometen el mundo. Prometen el mundo. Sí, prometen el mundo y luego se marchan. Como un amante bohemio. Como yo, tal vez.

Amor, estamos perdidos entre los matorrales de la incertidumbre y nos ahogamos en la amnesia del mañana.

El mundo se suicida ante nuestros ojos y pedimos ayuda con desespero.

Gatillo, silenciador, disparo a quemarropa.

Ella.

Vivo en el viento y en las líneas de los trazos de mis letras.

Tengo algo. Algo que no me deja ser. Algo que no me deja volar, sufrir, reír, llorar. Ser.

Es un demonio, una noche fría sin luna, sin el sabor salado, sin el sonido de las olas. Es la castración del placer y el saber que el ron no dormirá hoy mis monstruos.

Mis monstruos. Los mismos que se esconden en penumbra, los que se ríen de mi debilidad. Los que me odian. Por los que me odio.

Hoy ya no hay risas rotas, ni cigarros en las ventanas, ni petacas rebosantes de tequila y felicidad seriegrafiada.

Hoy no hay NADA.

Hoy me muero de sed, y de sueño y de tristeza. No pinto los cielos de púrpura ni los coches de amarillo. Hoy vuelan las avispas, y me pican, pican mis dedos que se mueren de envidia porque el papel ya no les acaricia. Porque no sujetan un bolígrafo. Solo las copas. Y se resignan. Porque saben que el papel es algo prohibido, que el alcohol entra en mis venas y transmite ideas a mi mente. Pegajosa. Como las yemas de mis dedos sobre mi propio cuerpo. Soledad y deseo. Amor impropio.

Tengo algo. Y pido perdón por no desearlo.

Ella.

Terminal 1.

Subimos al tren con sonrisas. Maquillaje a prueba de bombas. Quién iba a decir que antes del control vendrían los artificieros.

Te abrazo, y no te suelto. Me sorprendo porque no quiero. Y desato una cadena de recuerdos. Tiempo antes, tiempo después. Y te digo que te quiero y que te echaré de menos.

Luego, un camino silencioso. En nuestras mentes andamos por el arcén, algo perdidos, tal vez. Y pienso demasiado y me lamento. Me lamento por el tiempo perdido. Por el tiempo.

El tiempo curioso y caprichoso. El mismo tiempo que me verá resoplar en la cuesta y correr sin sentido, y desatar mis dedos sobre el papel. Papel de las cartas de ninguna parte. Cartas a Irlanda.

Ella.

Paradójica realidad de seminario.

Es algo sencillo. Es algo difícil. Es un blanco negro, cerca de gris. Es una mariposa que fuma habanos. Es una águila que bebe champagne y habla francés. Es un lobo solitario. Así es. Es mi vacío. Particular, individual, solo, extraño. Mío.

Es una charla de seminario llena de bocas abiertas y ojos sin nombre. Así es mi vacío.

Es una guerra enlatada, una lucha constante entre mi alma y mi cerebro, entre mi cigarro y mi respiración, entre mis gritos y mi calma, entre mi musa y mi práctico. Eso es. Esto es mi vacío.

Es una hoja en blanco, un lienzo de Dalí con trazos de Velázquez. Es Bukowski y Poe, y Leroux y Bécquer. Pero es también poder, fama y dinero.

Es la lucha entre el enterrador y el enterrado. Uno sabe que no cruzará la línea de los treinta y el otro lucha por llegar a los cien. Como si de tiempo dependiera.

Es mi vacío, es mi propio yo, que se ata las alas a la vez que lucha por liberarlas.

Soy mi vacío. Soy yo. Soy yo mirando a través de la ventana, soy yo cigarrillo en mano. Soy vacío. Miedo. Soy noches sin dormir y deseos.

Vacío.

Ella.